No te quiero Sr. miedo.

Nací y me crié en Venezuela. La gente es muy cariñosa, amable y estoy súper orgullosa de haber nacido allí. Y aunque mis amigos y familia estemos regados por el mundo (Gracias Chávez, gracias Maduro por esta desgracia!) seguimos estando muy unidos, porque otra cosa no, pero ahí las familias estamos muy unidas, no solo los que tienes bajo el mismo techo, los vecinos también son parte de tu gente.

Pero también mi país, ese donde nací, siempre ha sido peligroso e inseguro. Cada día ha ido a peor. Ahora mismo, la situación ha cambiado a muchísimo peor. Mucho.

Me crié yendo sola a comprar el pan con 8 o 9 años, pero a estar pendiente de que nadie me siguiera, de no hablar con nadie extraño (pero en serio, ni la hora), de no decir buenos días a gente que no me sonara y si veía alguna cosa “sospechosa”, volver a meterme dentro de la panadería, hasta que aquello raro, desapareciera. O esa gente rara, se fuese.

Me crié sin teléfono móvil en mano, pero si sabiendo usar un spray de pimienta y ponerle el seguro para que no se me esparciera por el bolso. Sabiendo dar un puñetazo en los testículos o un rodillazo, a hacer sangrar una oreja con los nudillos (enseñado por mi abuela, que era huérfana y se crió con otros 3 chicos que le enseñaron a pelear, por si acaso).
Me crié en una sociedad súper machista, homofóbica y donde la mujer sigue siendo un objeto de culto y no una persona. Solo somos un pedazo de carne. Está bien visto tener los pechos operados, la frente llena de bótox, la tripa dura de hacer abdominales, la nariz perfecta, el trasero más respingón, las uñas largas y pintadas, el pelo largo y perfecto con sus mechas o colores que oculten cualquier signo de vejez, las cejas sacadas y paro, porque me parece absurdo continuar esto por aquí. Pero, se dan una idea, no?

Según pasaban los años, lo único que cambiaba era que mi alrededor se iba haciendo más inseguro (aunque era nuestro estilo de vida, no dejábamos de ser felices por esto, simplemente sabíamos que existía, no dejábamos de vivir, ni de hacer nuestra vida).
Entre tanto, vivíamos y teníamos costumbres específicas de cuidarnos. Era raro por ejemplo, que no hubiese vigilante en la entrada de la urbanización que estuviera debidamente armado, o incluso en la garita debajo de tu edificio, sin tener que ser rico, pijo… mucho menos millonario.
Recuerdo tener que dar dos vueltas a la manzana siempre que venía de la universidad, para estar segura de que no me estaban siguiendo, o que no había ningún coche aparcado con gente dentro esperando que abriera la reja… y le daba al mando con bastante distancia, abría y me quedaba aparcada según se pasaba la reja, para que nadie más entrase detrás de mi coche.

También recuerdo esa sensación de que – la vida no vale nada- y que cuando íbamos a comprar cualquier cosa en la calle del mercado, estar pendientes de no llevar cadenas de oro, pendientes, anillos, ni nada que pudieran arrancarte (si, te dan una palmada al unísono en cada oreja, te pitan los oídos y mientras te arrancan los pendientes).
Y no estoy exagerando. Hay tantas historias de mi día a día…y os cuento las más ligeritas, solamente para hacernos una leve idea de la inseguridad.

Y con ese miedo, esa mochila cargada de saber que la maldad existe, que eres “el sexo débil”, que eres carne de cañón, de que tu vida y tu cuerpo no valen nada, me vine a España.
Jamás se me olvidan mis primeras salidas de noche con mis nuevas amistades. De quedar a las 10pm, hora en la que solía estar enclaustrada en casa, posiblemente en la mía o en la de mis amigos, pero nunca de discotecas, porque me parecía peligroso.

Recuerdo como si fuese anoche mismo, un día quedarme cenando hasta muy tarde con una amiga de la universidad, irnos a tomar algo y estar caminando de su brazo cual marujas, a las 3am por Gran Vía, en Madrid. Ver a cientos de personas andando, como si fuesen las 3 de la tarde. Sin miedos, ni sensación de inseguridad. Subirme al metro sin llevar la respiración agitada por ir nerviosa. Ni coger el bolso como si se me fuese la vida en ello, para que no te roben la cartera con violencia.

Y entonces… me relajé. Dejé de mirar atrás cuando viene alguien andando. Dejé de llevar spray de pimienta. Dejé de mirar el reloj para volver a casa, excepto por si las conexiones de metro eran adecuadas o tenía que coger un bus. Dejé de vivir en la inseguridad y abrí los brazos al nuevo mundo. A vivir en Europa.

Me sentí libre. Me volví persona. Me volví mujer, hombre, niño, niña, abuela, bebé… daba igual, porque me siento respetada, siendo lo que quiera ser. Y soy felíz.

Pero ayer no. Ayer cuando me dijeron lo que le había pasado a Gabriel, mi mundo dió un giro. Me dolía la tripa, se me saltaban las lágrimas, no pude dormir por la noche.
Si, porque me marca mucho el ser madre, el tener 3 niños pequeños, el dolor inmenso de saber que no estaba. En ese momento y hasta esta misma mañana, perdí un poco la fé en la humanidad. Sentí miedo de salir con mis hijos al parque. No quería volver a quedar con nadie. Me quedé ida.

Pero esta mañana reaccioné. Y me dije basta. Basta de dejar que la oscuridad reine de nuevo. Basta en pensar solo en la maldad. Basta de creer que no puedo confiar nunca más en la gente. Basta de hacer juicios. Basta de desear más odio, más venganza. Basta, basta! No quiero pensar más de esta manera.

Porque no. No voy a dejar que el miedo se apodere de nuestras vidas. Porque no voy a volver a sentirme atada, ni un pedazo de carne. Porque no te pienso dejar entrar sr. Miedo. Te abrazo, te respiro y te doy una nalgada, pa que te vayas por donde has venido, porque en mi casa, no tengo espacio para tí y tu visita, no es ni mucho menos deseada.

Y si. Seguiré teniendo muchos miedos, está claro. Como todo el mundo. Pero no quiero dejar que me paralicen, que no me dejen vivir, ni me dejen criar a mis hijos en libertad. Tampoco voy a pensar que el mundo es un lugar peor cada día, ni que somos todos unos enfermos. Ni que no hacemos nada al respecto, porque no es cierto.
No voy a dejar de confiar en la gente, ni de abrirle mi casa y mis puertas a los demás. No pienso criar a mis hijos así. Ni vivir mi vida tampoco.

Ser conscientes está bien, ser prudentes también está bien.
Y aunque confíe en la gente, cerraré la puerta con llave cuando me vaya a dormir.
Que tampoco somos tontos!

Siento mucho que ya no estés pescaito! Te mando mucha luz donde quiera que estés…

Gracias a aquellas personas que forman parte de mi nueva familia. A esos amigos y amigas que se han hecho familia en el extranjero y que me quieren y yo a ellos tanto. A mis mujeres poderosas, que me leen, me hablan y me opinan, aunque seamos totalmente diferentes, que me opinen en el respeto y me dejen transitar mis miedos y mis diferentes elementos.

Y a vosotrxs, por leer un texto tan extenso. Para mí era necesario escribirlo.
Gracias universo!